Juan
Luis Guerra,
poeta y músico del pueblo
Si
a Juan Luis Guerra le dieran una varita
mágica, lo primero que haría
sería reducir como mínimo
su estatura a la mitad. Convertirse en una
especie de duende invisible capaz de pensar
desapercibido en el escenario frente a un
público masivo y entre las ruedas
de prensa a las que se ve obligado a asistir
cada vez con más frecuencia. Pero
el hada madrina ya pasó por su vida
y lo único que le dejó fue
millones de discos vendidos, una fama internacional
y la conciencia de que debía convertirse
en el mesías dominicano. Pero ningún
remedio para su peor enfermedad: su timidez.
Un mal irremediable del que él asegura
puede tener mejoría, pero nunca cura.
Que achaca a una de desafortunada caída
desde el tejado de su casa, cuando era pequeñito
(en un tiempo lo fue). Desde entonces quedó
así: incapaz de abordar una recepción
aun sabiendo que él es el centro
de la atención; incapaz de saludar,
si uno se acerca y le habla sin titubeos.
Porque lo que le gusta es estar en los lugares
consigo mismo. Sin embargo, ahora ya ha
aprendido ese don de la naturaleza. Eso
quizás sea el precio más duro
que Juan Luis Guerra ha tenido que pagar
por convertirse, casi de la noche a la mañana,
en el embajador dominicano en el mundo.
Y el título se lo dio a su propia
gente, los miles de dominicanos que, cansados
de hacer fila en la embajada norteamericana,
para recibir la visa, decidieron hacer su
sueño realidad montándose
en una yola - frágil bote de pescadores-
y arriesgar su vida para llegar a Estados
Unidos.
"Una
cosa es leer en los periódicos las
cosas de yolas unidas o de ilegales deportados.
Pero otra muy distinta fue cundo llegue
a Puerto Rico y me vi rodeado con la misma
gente, que se me acercaron para agradecerme
la visión que les había dado
a ellos, porque los había presentado
como una especie de héroes. Entonces
fue cuando me pregunté cual era el
mi rol como cantautor"
Sus
canciones, a pesar del corte poético
indiscutible que poseen, tratan siempre
de anclarse en realidad dominicana. Cuando
compone, sus metáforas y su imaginación
vuelan alto, pero siempre mantiene un pie
sobre la tierra, el que le permite filtrar
el mensaje social, una especie de moraleja
envuelta en papel de celofán con
lazos de raso.
"La
inspiración surge de la vida, del
espacio, de los libros, de la pintura. Algunas
veces la inspiración está
al calce de tu voz, eso ocurre cuando se
convierte en una necesidad de expresión.
Ese es el mejor tipo de inspiración".
Esa
necesidad de expresarse fue la que impulsó
a componer por la primera vez siendo sólo
un adolescente. Con 16 años cantó
en el coro estudiantil del Colegio de La
Salle, en Santo Domingo. Pero en sus ratos
libre no abandonaba su guitarra y una grabadora
con las que ya empezaba a hacer los primeros
experimentos de mezclas de voces.
Fue
la época que entabló una amistad
que se iría fortaleciendo y de la
que se siente orgulloso: Herbert Stern,
hoy médico oftalmólogo y compañero
inseparable. En plena ebullición
de los Beatles, Herbert y Juan Luis se dedicaron
a colegarse con la guitarra y tocar en los
clubes sociales de la ciudad.
Pero
su iniciación con la música
biene de más atrás. Cuando
vivían en Gazcue, en una casa cercana
al Teatro Independencia, con sólo
seis años, Juan Luis salía
al patio para llegar a sus ídolos
que iban a actuar en el Teatro: Joselito
(el ruiseñor) y Marisol (La vida
es una Tómbola) que entonces hacían
furor en España. "Vivía
enamorado de ella. Iba a ver todos los artistas
que podía. Mi casa siempre fue una
casa musical, hasta los aguacates cantaban.
Mi padre oía los boleros de Agustín
Lara, a mi madre le encantaba la ópera
italiana, y yo deliraba por los Beatles
aunque no entendía nada de sus letras".
De
niño lo conocían a Juan Luis
como "el niño de las veladas".
Era tanto el sentimiento que le ponía
a sus actuaciones del colegio, que hacía
llorar a todo el mundo. "Los papás
preguntaban de antemano, si Juan iba a actuar,
y si la respuesta era afirmativa, entonces
ellos mismos se aseguraban de llevar a sus
hijos a la velada", recuerda Herbert
Stern.
En
1980, Juan Luis, después de estudiar
dos años de Filosofía y Letras
en Santo Domingo, recibe una beca y se va
a estudiar a la escuela de música
de Berklee, en Boston.
Como
encargo personal, una amiga le pide llevar
una carta a Nora Vega, estudiante de Diseño
en la misma escuela. Juan Luis nunca imaginó
que esa carta le llevaría directamente
a conocer su futura esposa.
"Lo
que más me atrajo de él, cuando
lo vi por primera vez, fue su forma de ser
tan dulce y tranquila, su personalidad.
Su físico, la verdad es, que no me
llamó la atención", comenta
Nora, cuya estatura, ojos claros y pelo
rubio relatan su ascendencia europea.
Desde
que se casó con Juan Luis, lo ha
comprobado todo: el perfeccionismo de su
esposo, su perseverancia, un hijo de cinco
años, el sacrificio de tener que
crear a diario. Más recientemente
el vértigo que produce la fama.
Conscientes
del asalto que han sufrido sus vidas privadas,
y para evitar mayores invasiones, ambos
parecen haber tomado el mismo curso sobre
"cómo enfrentarse a la prensa:"
posturas correctas, una sonrisa medio congelada
en el rostro, lista para una foto-sorpresa,
y las respuestas clichés que salen
automáticamente para responder a
las también inevitables preguntas-clichés.
"La
fama por supuesto que existe, pero uno es
consciente de que resulta algo pasajero,
uno trata de no creérselo demasiado,
de que no sea lo más importante",
asegura la pareja cada uno por separado.
A
pesar de esa reciente popularidad, ya están
cansados de la gente que los rodee, de los
autógrafos, del "cuéntame
cómo te va". Por eso han hecho
de su casa una fortaleza. Acceder a ellas
es más difícil que conseguir
que Juan Luis lleve a Nora a bailar a una
discoteca.
Y
dejaron Gazcue, el barrio céntrico
y cultural de arboledas, por donde Juan
Luis paseaba un tiempo atrás en bicicleta
y se reunía con sus amigos para discutir
sobre la vida y sobre filosofía sentados
en la grama. Su nuevo vecindario es Arroyo
Hondo, el Beverly Hills dominicano. Una
zona residencial al noreste de la capital,
reconocible por las mansiones ocultas entre
jardines frondosos, y los carros Mercedes
Benz y BMW de vidrios ahumados, parqueados
en las marquesinas, y las piscinas, los
jacuzzis, los campos de tenis. Y las palmeras
trabajadas por arquitectos ambientales,
apenas están separados por unos metros
del río Isabela que bordea a Arroyo
Hondo. Al otro lado del río, las
mismas palmeras, pero salvajes, sirven de
techo a las cabañas de cartón
y latón que se construyen dos y tres
veces al año, cada vez que una tormenta
tropical se toma el capricho de elevar el
caudal del río y arrastrar consigo
todo lo que encuentra a su paso.
La
casa aquilada de Juan Luis es moderada:
dos plantas, in patio reducido sin piscina
y un solo lujo del cual no puede resistir:
una cancha de baloncesto que él mismo
mandó construir. Cuando la inspiración
se declara en huelga, Juan Luis no se desespera,
simplemente abandona su recinto privado,
el estudio, y se coloca unos shorts para
jugar un partido de baloncesto. Y si todo
ha ido bien, a las 6 p. m. dejas sus musas
para hacer algo de fisiculturismo y acabar
con otro partido de baloncesto.
Aunque
les gusta, han dejado de ir a la playa,
de salir de compras a la ciudad, de ir a
un restaurante a cenar. Ahora todo lo hacen
en la casa: reuniones, encuentros, fiestas
comidas. Una vez más, la fama está
pasando la factura.
Juan
Luis no necesita mucho para sentirse a la
perfección: basta con que le dejen
tranquilo, encerrado horas en el estudio
mientras se dedica a componer. Con sólo
acercar el oído a la puerta cerrada,
Nora sabe cuando Juan Luis está creando
y entonces no permite que nada ni nadie
lo molesten. Ella vela para que él
tenga el ambiente que necesita. Sabe que
en cuanto el tema esté listo, ella
sería la primera en escucharlo. No
para darle su opinión musical, ya
que para escuchar prefiere la música
americana. Sin embargo, Nora sabe decir
a Juan Luis cuándo una canción
es romántica, sabe la palabra que
resulta malsonante o la metáfora
que no consigue entender. Y Juan Luis sabe
que la opinión de ella sería
la opinión de miles de oyentes.
Nora
es la más cercana a las fuentes de
inspiración de su esposo. En ocaciones,
ella misma se convierte en musa y pasa a
estar presente en canciones como Ay Mujer
(tu cuerpo me hace falta ya / tus labios
mi refugio / que me dejan ebrio de tanto
besar) escrita cuando ella estaba embarazada;
o Me enamoro de ella (de sus ojos claros
/ de su risa bella), un regalo exclusivo
de su amado.
En
otras ocasiones, como Burbujas de Amor,
que ha dado la vuelta al mundo evocando
los más eróticos y sensuales
pensamientos entre jóvenes y adultos
de todas las razas y colores, la inspiración
surgió de una chispa encendida cuando
leía Rayuela, de Julio Cortázar.
Y ahí, Nora no puede dejar de exclamar:
"En la casa lo que más hay son
libros. Le fascina la literatura en general
y los escritores latinoamericanos en particular".
García Lorca, Pablo Neruda, César
Vallejo y Nicolás Guillén
figura entre sus autores predilectos. "Cuando
leo a todos ellos, me da una gran envidia,
entonces reconozco que lo que soy en realidad
es autor de letras, no poeta. Me siento
diferente por la forma en que ellos manejan
el lenguaje, por la forma en que coquetean
con las palabras, con las metáforas",
confiesa Juan Luis.
A
veces, escribir un tema le toma un día,
salen solos, como ocurrió con Burbujas
de Amor o con Ojalá que lleva café.
Otras, se pasa dos meses con la misma canción
sin estar todavía convencido. "Me
encantan las cosas que nunca he oído
o escuchado. Comienzo entonces a mezclar
cosas inauditas, palabras que llegan a mi
mente y que se entremezclan en mis experiencias
diarias. Es una expresión interna".
De
esa mezcla surgió La Bilirrubina,
la canción que batió los récords
de audiencia en los conciertos por España.
Sin embargo, y a pesar del éxito,
es uno de los temas que más críticas
ha suscitado. Las cartas y llamadas le llovieron
para aconsejarle que cambiara el término
por "adrenalina" o "ephirina",
porque decir que a un paciente se le subía
la bilirrubina era médicamente incorrecto.
Por supuesto, sus admiradores doctores no
entendían que el aluido era un enfermo
que sufría mal de amores y no la
hepatitis de Juan Luis padeció cuando
la escribió. "Hubo una señora
mayor que me dijo: Me encantan tus
disparates poéticos. Así
es como yo los considero, simplemente disparates
poéticos".
Ser
famoso y no despertar envidias o celos es
como no ser famoso. Todo llega en el mismo
paquete. Por eso, a Juan Luis no le faltan
detractores sobre su vida privada y profesional.
"Hay que reconocer que Juan Luis ha
cometido dos errores imperdonables",
afirma tajante Fradique Lizardo, una autoridad
en merengue y forklore dominicano en general.
"El primero, tener talento, y aunque
le han ayudado varias personas, ese talento
se lo debe a Olga Seijas y a Gilberto Guerra,
sus padres. El segundo es haber triunfado
fuera del país. Eso significa que
no esta en merced de que quieran o no hacerle
el favor de sacarlo en un periódico.
Lo que pasa es que en este país les
encanta criticarlo todo. Critican hasta
lo incriticable".
Hay
quien afirma que su merengue es aburguesado,
que sus letras son demasiado empalagosas
como para reflejar la cruda realidad de
su país. Que es imposible que tanta
floritura poética pueda llegar al
pueblo-pueblo, quien desde siempre ha sido
el consumidor por excelencia e un merengue
mucho más popular.
El
22 de diciembre de 1991, Juan Luis Guerra
u 4-40 cerraban con broche de oro las extensa
gira por Estados Unidos con la presentación
del espectáculo A pedir su mano en
el estadio olimpico de Santo Domingo. "Estoy
encantado de estar de regreso a casa. Por
primera vez desde hace tiempo, no me siento
un extraño," aclamaba emocionado
Juan Luis frente a 70, 000 personas que
abarrotaban todas las gradas y el campo
del estadio.
El
espectáculo comenzó a las
7:30 de la noche, pero desde las 9 de la
mañana, la gente, con sus neveras
plásticas y portando paraguas gigantescos,
empezó a llegar a las puertas del
estadio, con sus boletos rosas, por los
que habían pagado 10 pesos dominicanos
(menos de un dólar) para ver a Juan
Luis Guerra.
Los
chonchos, carros públicos
destartalados que se empeñaban en
cumplir las funciones de taxis, se detenían
para arrojar de su interior a siete u ocho
pasajeros preocupados por alisar sus vestimentas
de domingo. Y en la misma acera, se aparcaban
las yipetas último modelo
y Mercedes conducidos por choferes uniformados
que abrían las puertas, para dejar
salir a jóvenes enfundados en jeans
Levis, tenis Reebok y lentes Ray-Ban. Todos
dirigieron sus pasos hacia el mismo lugar.
A
las 7:30 se apagaron todas las luces u el
escenario se puso al tono con la noche.
Juan Luis, más alto que nunca y vestido
todo de negro, se inspiró: "Un
amigo campesino me dijo una vez que las
noches, al igual que las vacas, se ordeñan.
Pero no me dijo dónde encontrar la
ubre del cielo..." Las luces se encendieron
de repente y Marco, Roger y Adalgisa llenaron
el estadio con una explosión de color
y pasos vibrantes. El grupo 4-40 estaba
listo, para dar el todo por el todo. Las
olas humanas empezaron a sucederse entre
el público y las gradas. Y cada una
de las canciones esa noche cantó
con el coro enloquecido de 70, 000 personas
que, sin importar clases, ni procedencias
sociales, dejaron abrirse su vena poética
para llenarse de bilirrubina, de cantos
de conuco, de burbujas, de cartas con posdata,
de duendes y de estrellitas.
"Hace
500 años, en tiempos de sequía,
el pueblo acostumbraba a ofrecer un canto
especial a las nubes. Al día siguiente
hacían el amor y llovía. Quinientos
años después, aún nos
queda nuestro canto, un canto de esperanza,"
narraba Juan Luis Guerra. Y antes de que
este relato tocara a su fin, del estadio
había desaparecido los miles de rostros,
para llenarse de una superficie puntiaguda
de paraguas abiertos.
Ojalá
que llueva café fue el álbum
que puso a Juan Luis Guerra y 4-40 en el
mapa internacional. En España se
vendieron más de medio millón
de copias. Allá donde lo tocan, desde
Chile hasta México, en Estados Unidos
o España, todos se identifican con
este canto de esperanza del hombre.
Ni
Roger Zayas-Bazán, ni Maridalia Hernández,
ni Mariela Mercado, los componentes iniciales
de 4-40 junto a Juan Luis, pensaron en ningún
momento que lo empezó como una reunión
de amigos para resolver una tarea traída
por Juan Luis de la escuela de Berklee;
iba a traducirse cinco años más
tarde en un fenómeno musical a nivel
internacional. "En el verano de 1984,
mientras ensayábamos comerciales
de televisión, Juan Luis se apareció
desde Boston con una pieza de Manhattan
Transfer que tenía que transcribir
con el estilo vocal a capella. Al acabar,
decidimos grabarla. Un amigo productor nos
invitó a su programa de TV donde
presentamos el tema y gustó",
relata nostálgica Maridalia Hernández,
la voz cantante de los primeros tres años.
A
partir de ahí decidieron seguir adelante
y ese mismo año grabaron Soplando.
"El LP no resultó comercial
en absoluto, porque era más un merengue
tradicional `para ser oído, que bailado",
comenta Roger. Bienvenido Rodríguez
, productor discográfico de Karen
Records y del grupo durante todos estos
años, sugirió que cambiaran
de línea y el año siguiente
la canción "Si tú te
vas", del álbum Mudanza y acarreo,
fue el merengue del año.
En
1986 salió Mientras más lo
pienso... Tú, con temas inolvidables
como "Me enamoro de ella" , "Tú",
"Elena", "No me acostumbro".
Fue el año en el que el grupo empezó
a viajar a Nueva York para llevar sus historias
de amor y de inmigrantes ilegales entre
los clubes nocturnos de Washington Heights,
el barrio dominicano de Nueva York. "Actuábamos
en clubes de mala muerte. nos pasaban a
recoger a las 7:00 p.m. y no regresábamos
hasta la madrugada, casi amaneciendo,"
recuerda Roger.
Aunque
los temas tenían cierta acogida entre
su público, no eran todavía
lo suficientemente fuertes para exigir una
limosina que los pasara a buscar al mejor
hotel de la ciudad. "Nos quedábamos
a dormir en la casa de un amigo. Nunca se
me olvidará. Como no había
espacio suficiente, Juan Luis y Roger tenían
que dormir juntos en una cama pequeña
y nosotras en otra habitación. Las
primeras noches apenas pudimos dormir, porque
no hacíamos más que oír
1,2,3, y ?Cataplun! de repente se producía
un ruido que nos dejaba boquiabiertas. Hacia
la tercera noche Mariela y yo decidimos
levantarnos para ver qué ocurría
y averiguamos que Juan Luis y Roger contaban
al unísono hasta tres, para cambiar
los dos a la vez de postura en cama y evitar
de esa forma, coincidir los dos de cara,"
Relata Maridalia Hernández en su
estudio.
La
salida de Maridalia de 4-40 estuvo rodeada
de especulaciones y de augurios funestos
sobre el futuro del grupo. Hoy, con suficiente
tiempo de por medio, los triunfos cosechados
por ambas partes, Maridalia lo resume todo
sin rodeos: Abandoné el grupo en
1987 porque se me hacía muy difícil
mantener mis dos carreras: la de solista
y la de cantante en 4-40. La polémica
vino después, porque mi salida fue
drástica. No la propuse antes, porque
sabía que nunca iba a ser oportuna.
Me unían tantos lazos con el grupo
que, o lo hacía así."
Con
su salida, 4-40 pasó a ser Juan Luis
Guerra y 4-40 . Su nuevo portavoz, Juan
Luis, tuvo que resolver el dilema de su
vida: cómo enfrentarse a 50,000 personas
y además cantar y bailar sin tener
el recurso de esconderse detrás de
los altavoces, como hacía de pequeño.
"He aceptado que mi situación
es como de torero frente al toro, simplemente
tengo que salir a torearlo y ya. El nerviosismo
en este caso me dura seis segundos, luego
desaparece," confiesa Juan Luis.
La
fundación 4-40 salva la reputación
de Juan Luis como un hombre preocupado por
su pueblo. Pero, además ayuda y salva
efectivamente a cientos de dominicanos pobres,
que carecen de recursos médicos.
Herbert Stem es el amigo y el especialista
oftalmólogo que está detrás
de toda esta operación. La idea surgió
en 1989, durante un concierto que Juan Luis
ofreció en favor de los enfermos
de diabetes.
A
partir de entonces, se comprometió
a seguir ayudando de una forma programada
y crearon la fundación, para dar
ayuda tanto médica como educacional.
Con Herbert a la cabeza, se reúne
cada mes un grupo de médicos que
salen campo, a los pueblos de pescadores
y a los barrios periféricos, para
hacer consultas, regalar lentes y atender
a cientos de pacientes. Cuando puede, Juan
Luis se va con ellos, pero es preferible
que se quede en casa, porque cuando aparece
él, todos se olvidan de las dolencias
y lo único que quieren es hablar,
tocar, ver a ese dominicano que "aunque
ahora es muy famoso, sigue siendo de los
nuestros".
Este
dominicano que ondea orgulloso por el mundo
la bandera de la dominicanidad, quiere aprovechar
el pasaporte universal que ya tiene, para
dar a conocer un poco más de su sentir
como pueblo. Por eso su nuevo LP está
teñido de ritmos y de significados
taínos. Es un regreso a los orígenes,
como una forma de dar respuesta a tantas
preguntas formuladas. Pero encima de las
mezclas de géneros musicales, Juan
Luis sigue jugando con sus metáforas
y con sus poesías, para tocar el
corazón del hombre y hacerlo partícipe
más que nunca, de su sentir: "Ni
soy feliz, ni dejo serlo, vivo en suspenso
como un caballo".
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